martes, 16 de febrero de 2016

Excursión a Peña Palomera

Estaba yo la semana pasada dudando de qué hacer conmigo mismo. Había acabado ya mi "relajado" mes de Enero universitario; en el que dediqué todo mi esfuerzo a prepararme los exámenes; tras los cuales lo celebré por todo lo alto, para bien o para mal.
En esas me encontraba, cuando de repente se me ocurre hacerles una visita a mis padres, y pasar el fin de semana en Calamocha. Este plan me gustaba, porque después de un mes y medio en Valencia, necesitaba un poco del aire fresco (aunque sería sincero si escribiese frío) y seco de mi amado Teruel. La idea se transformó decisión cuando mi padre me propuso subir la montaña Peña Palomera; una cumbre de 1533 metros a la altura de Torremocha, que debido a sus escarpadas paredes es uno de los picos más singulares de la zona.


Así que el sábado por la mañana, nos pusimos las botas, cogimos los prismáticos y nos montamos en Gorro Royo, nuestro viejo Renault 4L y viajamos hasta la falda de la montaña, a apenas una hora de nuestra casa en Calamocha. Conforme nos aproximábamos nos adentrábamos por un cañón de calizas jurásicas, por el cual avanzábamos lentos, ya que nos parábamos cada poco a hacer  fotografías o a observar algún ave.


Una vez salimos del cañón que atravesaba la cordillera de Peña Palomera, llegamos a la ermita de La Virgen del Castillo, donde sorprendimos a cinco cabras montesas (Capra pyrenaica) que bebían de un arroyo cercano. Iban dos hembras adultas y tres crías. Con una temprana observación comenzamos el ascenso alegres y atentos a los pajaricos que se cruzaban en nuestro camino. Calandria, gorrión chillón, cornejas y hasta algún alcaudón real se dejaron ver. Sin embargo mi padre y yo llevábamos dos objetivos para ese día, avistar el acentor alpino y el treparriscos, dos especies esquivas que sospechábamos que se encontraban en la montaña. Los llamábamos nuestros búhos nivales haciendo referencia a la dificultad de encontrarlos.

Tichodroma muraria, comúnmente conocido como treparriscos, con su plumaje carmesí

Después de una breve parada debida por el berreo de un macho cornudo de cabra, tomamos un desvío a la derecha en el camino que, tras un empinado tramo, desemboca en una desarbolada pradera. Empezamos a darnos cuenta de que a causa de la altitud, a las carrascas y rebollos ya no les gusta tanto crecer, y su ausencia provoca largos parajes de hierba sin arboles. Es allí donde vemos al primero de nuestros objetivos, mientras observamos inas cabras en un peñasco cercano, nos sobrevuela una bandada de pájaros alegres que nos cantan. En cuanto se posan mi padre me dice entusiasmadoi :
 -Ahí está, es el acentor alpino.

Prunella collaris, el acentor alpino Resalta su bonito plumaje pardo en el abdomen.

Paraje perfecto para avistar el acentor alpino. Le gustan sitios con poca cobertura y rocosos.

Aunque me costó reconocerlo lo acabé reconociendo. Preseguimos nuestra ruta hacia el pico, que básicamente consistía en crestear, ya que casi nos encontrábamos a la altura adecuada, y china chana continuamos nuestra marcha.  Al poco tiempo, llegamos a un collado pelado de árboles desde el que vislumbramos ya el pico. En estos prados le gusta pastar a la cabra monté, puesto que se encuentran rastros suyos y excrementos por todos los sitios.


 Nos dedicamos a merodear las paredes de la cresta para intentar localizar a nuestro segundo "búho nival"; el treparriscos, un paseriforme hermoso que se caracteriza por tener las alas de color carmesí. Dándonos por vencidos al no verlo, coronamos el pico y almorzamos cerca de él, en un sitio un pico más resguardado del viento.




Es bonito ver como las sabinas crecen en medio de un toque vertical, donde no los hace nada más. Esto me recuerda a una frase que nos dijo un anciano de Ababuj a mi padre y a mí hace cuatro veranos cuando recorríamos el río Alfambra buscando chopos cabeceros. La frase decía, "esos arboles que crecen en la pobreza, de forma austera, sobreviven a lo que les eches", refiriéndose a un chopo que había crecido  colina arriba, muy lejos del río. El chopo es una especie que requiere mucho agua y vivir en un sitio con tan poca humedad de suelo puede ser un problema para el árbol.



Como ya se iba haciendo la hora de comer y el tiempo no nos sobraba, hicimos una bajada de la montaña bastante más rápida, con menos paradas. A la vuelta a casa, tuve la aventura de coger el Renault 4 para volver a casa, el cúal es un coche sensible y que le gusta guerrear (tenemos un pique mutuo), pero el viaje fue sinceramente muy agradable y fácil de manejar comparado con experiencias anteriores. Y así volvimos a casa, sin ver a una de nuestros trofeos; así es la vida, no siempre se gana.


 

2 comentarios:

  1. ¡Fue una jornada estupenda! ¡¡A repetirla cuando quieras!!

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